Previo a dormir te escribo estos
versos que merecen ser plasmados
con tinta y fuego:
Escucho una pieza que me
recuerda a ti. Es una pieza
dulce, similar al sentimiento
de paz y deseo que se me
acumula en mi pecho. Paz
y deseo al verte, como si
de un violín eufórico se tratara.
Escucho la pieza y tus manos
se escurren sobre mi piel en mi
imaginación, pues esos dedos
parecieran creados por los
mismos Dioses del Olimpo,
formando una mano de nácar,
y me gusta cómo la sostienes
contra tu cara cuando me miras
fijamente frente a un telón que
nos separa. Tú escuchas, y yo
fijo mi mirada en tus ojos: un
vado de agua esmeralda que
me calientan como una taza
de chocolatada.
Tus ojos me calientan el alma,
al verlos siento cómo el mundo
se aquieta, y dulcemente, en
crescendo, asciende mi deseo
de comerte esos sutiles labios
que tienes, de sentir las brasas
de un beso, de pensarlo, de querer
palparlo.
Me aflige por dentro el no poder
decir las palabras que callo por
solemnidad y respeto que ante ti
siento, y pienso… cómo me hubiese
encantado haber encontrado tu
rostro y el rizo de tus cabellos primero.
Yo escribo estos versos, te pienso,
y es en la noche cuando más lo
pienso, una primavera eterna, las
jacarandas florecientes adornando
tu pelo. Pensarte me acalora el
cuerpo, se siente bien, lo deseo.
Pinceladas de rayos de sol en tu
castaño pelo, un telón de fondo
que nos separa de vernos, frente
a frente, lo anhelo. Amo escribir
estas palabras, amo lo que hago,
amo entregar al mundo lo que por
ti pienso y siento.
Y quiero decirle al viento para que
en una tormenta su silbido en tu
ventana te susurre que me has
hecho ver el mundo de colores
distintos, que el gris puede ser
verde grisáceo, sereno, paz, al
mezclarse con el destello de
tus ojos en una noche de
invierno. Y que en un beso
tuyo el gris ser pardo rojizo.