Poesía

Poesía

domingo, 6 de septiembre de 2026

Te veo bailar sola


Te veo bailar sola, ensimismada

en la canción, y me evocan tus 

movimientos a la métrica de un

poema del siglo de oro español,

de un poema de amor, sea de 

Quevedo, o de su competidor.


Me gusta verte bailar sola, 

canturreando la pieza del

salón, como si una voz 

secreta estuviera susurrando

cada trazo que vas marcando

con precisión. 


¡Hoy te vi hacerlo! Enmudeció

mi voz. Tú, el aura del salón. 


Grácil en los movimientos, 

flotante sensación, te diría

las más hermosas palabras,

pero cuido de heridas mi 

corazón.


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La nostalgia se toma mi 

alma, y empiezo a 

rememorar: el palco y a ti  

portando tu vestido negro, y

yo queriendo tomar tu mano, 

de susurrar una palabra de 

amor. Mas pensé que era 

preferible reprimir mis deseos 

y guiarme por la razón, y en 

proteger a mi corazón. 

Tan bella estabas, tan bella 

eres, también, y  tan bella 

permanecerás, eres una

primavera más. 


Apoyaste tus dedos sobre el 

borde del antepecho, y juro

mil veces que ganas de 

tomarlos entre los míos,

entrelazarlos, y para cobijarlos

en el secreto de mis manos, no

me faltaron, sólo el coraje de al

menos intentarlo, aunque sea,

el primer paso. 


La nostalgia sigue empecinada

en hacerme brotar aquellos 

recuerdos donde algo pudo ser

o no, pues jamás lo sabré por

acallar a mi alma, por no 

actuar,  y por siempre callar.


Y recuerdo… recuerdo reírnos 

parados desde el Paraíso del 

Teatro porque yo tuve vértigo,

y me dió un ataque de pánico

que logré reprimir, aguantando

cada sensación, queriendo 

tomar tu mano, mas estuvimos 

tan cerca que pude sentir tu

aliento al respirar y la frescura

de tus cabellos que las olas

de calor que me sobrevenían 

detuvieron su curso, y disfruté

la obra, pero más que ella, la

comisura de tus labios 

ligeramente cubierta por una

sombra incierta.

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Y te eché de menos, en 

esos meses cálidos para 

mí y de frío para ti. Quería, 

paloma nacarada, que allá 

donde estabas encuentres a 

alguien que te amara, que sea

tu estrella y mar, aunque me 

doliera a mí, pues es así es 

cuando se ama. 


Un día tu silencio que te pedí

me aprehendió y supe que no

sería nada, quedándome sólo

con estos versos que quedarán

para un auto abrazo de contención. 


Ahora que te vi bailar sola,

canturreando la pieza del

salón, me gustó, y me dije:

“no te recrees historias, sólo

disfruta su arte, escribe unos

versos, que esa es tu contención”.


E igual te quería, te quiero y 

te querré, con dulzura y placer.


lunes, 31 de agosto de 2026

Una noche de invierno

 

La noche es fría, me envuelve

en su velo, y siento.  Recuerdo… 

Recuerdo sus manos de fino 

alabastro acariciando las 

teclas de un piano, su talle,

una escultura griega, como

si el mismo Fidias la hubiese

tallado. 


Su cintura me recuerda al de una 

guitarra que siempre quise sus

cuerdas amaestrar, su cabello a 

la lava de un volcán a  punto de 

erupcionar, y sus ojos… y en sus 

ojos veo su alma, y mi corazón 

al sentirla siente paz, calma.


Tuvo que llegar la noche, 

envolverme en su manto, 

que al ver el cielo estrellado 

sólo quiero sentir su piel en 

un abrazo. Y escribo, escribo 

para no verme sumiso en 

melancolía mientras echo 

de menos su perfume de 

tierra brumosa del amanecer 

en el campo. 


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Te quiero, por no decir más, 

por no hacer mi lengua temblar. 

El fuego en mí todos los días 

se repite y no quiere cesar. Me 

siento arrugado y con vergüenza 

de escribir estos versos, ¿te 

imaginas cómo temblaría o 

balbucearía de decirte frente  

a frente las palabras que desean

tu alma tocar? 


Llegaste a mi vida como el 

rocío a las rosas, como la

gota de agua que en un pétalo 

reposa. Tanta calma, paz

y música en una sola. Gracias,

gracias, y mil gracias más. 


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Frente a frente, sentados, 

veo perdida tu mirada en 

los alrededores, y yo quiero

balbucear palabras de 

afecto, de amor. Mas no 

quiero incomodar, me 

armo de valor y reprimo 

todo en mi corazón.


Te pienso tanto que las noches 

se me hacen eternas, pues 

pienso en tu blanco rostro, 

labios rojos, muslos nacarados, 

colinas de alabastro. Te quiero 

envuelta en un abrazo. 


Y dejo estos versos para colgarlos, 

para ser leídos, y para lo que más

quiero, para que sean amados.


domingo, 23 de agosto de 2026

23 de agosto

 

Era una noche de plata y estaño,

en un recinto de corazones humildes

dos amigos a un bar a descargar su

sudor entraron. ¡Mozo! Dos cervezas,

¡Nos han pagado! Exclamaron. 


El calor canicular inclemente, saciar 

su sed buscaron, y conversar como 

hermanos. A ambos sonrisas se les

dibujaba en sus labios.


No sabían que eran horas sombrías, 

que el propietario había sido 

amenazado: no había pagado

a unos malhechores la extorsión por

tener un negocio en mano.


Noche de plata y estaño, de plomo

y cobre, de sudor rojizo translucido 

bajo el pañuelo blanco. 


No sabían los dos que llegaban 

unos motorizados cargando fuego, 

plomo, pólvora, y miseria en mano. 

No sabían  que su palpitar no sería

más.


Entraron dos desconocidos, y

a mansalva a contra todo aquel que 

estaba sus gatillos apretaron. Los dos

amigos, sus pechos, de carmesí, 

bañadosen sangre, se vieron pintados. 

Sus cuerpos, ultrajados. 


Gritos de vecinos, ladridos de perros

asustados. Los malhechores huyeron,

y dentro del bar huello huele a hierro

oxidado.