Abre el telón y el espectáculo
empieza: dos gotas de sudor
caen de su cabellera rizada
acastañada, y se ajusta en un
nudo sus cabellos hacia atrás,
y no cesa, y va moviéndose
radiante de energía, mientras
me habla, y de alguna forma,
aconseja con una miríada
de palabras.
Continúa el espectáculo que
mis ojos aprovechan, y mis
oídos, su voz, dulce manjar
que transmite, que me llega.
Y recuerdo cuando la veía
con sus labios y uñas de
carmín, y la comisura de
sus labios sonreír, risueña
porque era de noche, y
de seguro iba con sus
amigos a salir. Y pensaba
en cómo quería mis labios
mojarlos con los suyos,
en una infinidad de besos,
labio contra labio,
yo humedecido en ella,
empapado en su cuenco,
la respiración que se acorta
de sur a norte, sus ojos mi
cielo.
Y por esos ojos verdes claros
yo naufrago, y no digo nada,
porque mi silencio, por
respeto, es sagrado.
Y he hecho por ella una
luz inextinguible en mi
corazón, fleur douceur,
flamme de vie, elle, qui
ne le saura jamais.
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