Era una noche de plata y estaño,
en un recinto de corazones humildes
dos amigos a un bar a descargar su
sudor entraron. ¡Mozo! Dos cervezas,
¡Nos han pagado! Exclamaron.
El calor canicular inclemente, saciar
su sed buscaron, y conversar como
hermanos. A ambos sonrisas se les
dibujaba en sus labios.
No sabían que eran horas sombrías,
que el propietario había sido
amenazado: no había pagado
a unos malhechores la extorsión por
tener un negocio en mano.
Noche de plata y estaño, de plomo
y cobre, de sudor rojizo translucido
bajo el pañuelo blanco.
No sabían los dos que llegaban
unos motorizados cargando fuego,
plomo, pólvora, y miseria en mano.
No sabían que su palpitar no sería
más.
Entraron dos desconocidos, y
a mansalva a contra todo aquel que
estaba sus gatillos apretaron. Los dos
amigos, sus pechos, de carmesí,
bañadosen sangre, se vieron pintados.
Sus cuerpos, ultrajados.
Gritos de vecinos, ladridos de perros
asustados. Los malhechores huyeron,
y dentro del bar huello huele a hierro
oxidado.