La noche es fría, me envuelve
en su velo, y siento. Recuerdo…
Recuerdo sus manos de fino
alabastro acariciando las
teclas de un piano, su talle,
una escultura griega, como
si el mismo Fidias la hubiese
tallado.
Su cintura me recuerda al de una
guitarra que siempre quise sus
cuerdas amaestrar, su cabello a
la lava de un volcán a punto de
erupcionar, y sus ojos… y en sus
ojos veo su alma, y mi corazón
al sentirla siente paz, calma.
Tuvo que llegar la noche,
envolverme en su manto,
que al ver el cielo estrellado
sólo quiero sentir su piel en
un abrazo. Y escribo, escribo
para no verme sumiso en
melancolía mientras echo
de menos su perfume de
tierra brumosa del amanecer
en el campo.
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Te quiero, por no decir más,
por no hacer mi lengua temblar.
El fuego en mí todos los días
se repite y no quiere cesar. Me
siento arrugado y con vergüenza
de escribir estos versos, ¿te
imaginas cómo temblaría o
balbucearía de decirte frente
a frente las palabras que desean
tu alma tocar?
Llegaste a mi vida como el
rocío a las rosas, como la
gota de agua que en un pétalo
reposa. Tanta calma, paz
y música en una sola. Gracias,
gracias, y mil gracias más.
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Frente a frente, sentados,
veo perdida tu mirada en
los alrededores, y yo quiero
balbucear palabras de
afecto, de amor. Mas no
quiero incomodar, me
armo de valor y reprimo
todo en mi corazón.
Te pienso tanto que las noches
se me hacen eternas, pues
pienso en tu blanco rostro,
labios rojos, muslos nacarados,
colinas de alabastro. Te quiero
envuelta en un abrazo.
Y dejo estos versos para colgarlos,
para ser leídos, y para lo que más
quiero, para que sean amados.
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