Te veo bailar sola, ensimismada
en la canción, y me evocan tus
movimientos a la métrica de un
poema del siglo de oro español,
de un poema de amor, sea de
Quevedo, o de su competidor.
Me gusta verte bailar sola,
canturreando la pieza del
salón, como si una voz
secreta estuviera susurrando
cada trazo que vas marcando
con precisión.
¡Hoy te vi hacerlo! Enmudeció
mi voz. Tú, el aura del salón.
Grácil en los movimientos,
flotante sensación, te diría
las más hermosas palabras,
pero cuido de heridas mi
corazón.
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La nostalgia se toma mi
alma, y empiezo a
rememorar: el palco y a ti
portando tu vestido negro, y
yo queriendo tomar tu mano,
de susurrar una palabra de
amor. Mas pensé que era
preferible reprimir mis deseos
y guiarme por la razón, y en
proteger a mi corazón.
Tan bella estabas, tan bella
eres, también, y tan bella
permanecerás, eres una
primavera más.
Apoyaste tus dedos sobre el
borde del antepecho, y juro
mil veces que ganas de
tomarlos entre los míos,
entrelazarlos, y para cobijarlos
en el secreto de mis manos, no
me faltaron, sólo el coraje de al
menos intentarlo, aunque sea,
el primer paso.
La nostalgia sigue empecinada
en hacerme brotar aquellos
recuerdos donde algo pudo ser
o no, pues jamás lo sabré por
acallar a mi alma, por no
actuar, y por siempre callar.
Y recuerdo… recuerdo reírnos
parados desde el Paraíso del
Teatro porque yo tuve vértigo,
y me dió un ataque de pánico
que logré reprimir, aguantando
cada sensación, queriendo
tomar tu mano, mas estuvimos
tan cerca que pude sentir tu
aliento al respirar y la frescura
de tus cabellos que las olas
de calor que me sobrevenían
detuvieron su curso, y disfruté
la obra, pero más que ella, la
comisura de tus labios
ligeramente cubierta por una
sombra incierta.
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Y te eché de menos, en
esos meses cálidos para
mí y de frío para ti. Quería,
paloma nacarada, que allá
donde estabas encuentres a
alguien que te amara, que sea
tu estrella y mar, aunque me
doliera a mí, pues es así es
cuando se ama.
Un día tu silencio que te pedí
me aprehendió y supe que no
sería nada, quedándome sólo
con estos versos que quedarán
para un auto abrazo de contención.
Ahora que te vi bailar sola,
canturreando la pieza del
salón, me gustó, y me dije:
“no te recrees historias, sólo
disfruta su arte, escribe unos
versos, que esa es tu contención”.
E igual te quería, te quiero y
te querré, con dulzura y placer.
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